martes, 22 de julio de 2008

Demasiadas diferencias

Las comparaciones son odiosas, pero no me queda más remedio que hacer una nueva.

La entrada el Papa Benedicto XVI en Sydney a bordo de un yate de lujo, y la entrada de cualquier cayuco o patera a cualquier puerto, cuando logran llegar.

En el yate papal Benedixto XVI, aproximadamente 500 jóvenes seleccionados de todo el mundo, acompañados de los de miembros de seguridad, tripulación, autoridades, etc.

En cualquiera de las pateras llegadas a las costas españolas, 30, 40, 60 seres humanos apiñados, niños, mujeres, alguna embarazada, jóvenes, adultos, y muy a menudo algún cadáver de un compañero de viaje que no pudo resistir la travesía. Sin contar con que alguno, se ha debido de dejar en el océano como tributo de pasaje.
A la llegada del Papa, fiesta, bienvenida, música, flores, alegría por doquier.
A la llegada de la patera, generalmente de noche, Guardia Civil, voluntarios de la Cruz Roja, miembros de ONGS, y muchas veces vecinos que se acercan para ayudar a los recién llegados, entregándoles comida, mantas, etc.
Al Papa le esperan discursos, celebraciones, baños de multitudes, comunicados, misas, todo ello rodeado de seguridad y de medios de información por doquier.
A los pasajeros del cayuco, les esperan una manta, agua, unos brazos en los que apoyarse cuando ya no pueden caminar, reconocimiento médico y cura de las quemaduras sufridas, y después de los primeros momentos, la triste realidad de que en cualquier momento pueden ser deportados.
Aquí no hay flores, ni baños de multitudes, ni música. Aquí la única alegría existente (al menos para los voluntarios) es cuando se tiene la certeza de que ninguno de los inmigrantes ha perecido durante la travesía.
Me parece mucha diferencia. En ocasiones como esta hay un gran despilfarro de cientos de millones que podrían utilizarse en ayudar a los más necesitados, a los países que se van quedando sin sus mejores gentes, porque intentan llegar a su Tierra de Promisión.
Creo que ningún cristiano se iba a escandalizar, de ver al Papa, a los obispos, y demás purpurados de la Iglesia andar como lo hacían Jesús de Nazaret, Teresa de Calcuta, y tantos y tantos otros que hoy en día, con su ejemplo de pobreza e integridad, dignifican y unen al ser humano.
En los últimos 40 años, la distancia entre los más ricos los más pobres del mundo se ha convertido en un abismo que cada vez cuesta más superar.
José Mª Castillo en Atrio nos dice: Cuando Jesús envió a sus apóstoles (cuyos sucesores son los obispos) a predicar el Evangelio les prohibió terminantemente procurarse dinero: ni “oro, ni plata, ni calderilla”. También Pablo afirma que él renunció a ese derecho “para no poner obstáculo al Evangelio de Cristo”. Y es que el Evangelio no se transmite desde el poder y el bienestar que da el dinero, sino desde la transparencia y la sencillez que genera la ejemplaridad.

Humanicemos la humanidad.

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