sábado, 25 de septiembre de 2010

Guatemala en constante pesadilla alimentaria


El diario la nación de Chile, publica hoy en su edición dominical un extenso reportaje sobre Guatemala en el que asegura que el país vive en una constante pesadilla alimentaria y que "la desnutrición es la cara visible de una crisis que en más de cuatro décadas no ha dejado de acosar a la población que lucha por sobrevivir".

En la publicación se señala que otrora la cuna de la civilización Maya, una de las mayores y florecientes de la América prehispánica, Guatemala vive hace décadas una pesadilla que la acecha día y noche y para la cual aún no encuentra una solución de raíz: la pobreza y la desnutrición.


Fruto tanto de una inequidad socioeconómica endémica como de los embates de la naturaleza, estos males golpean sin clemencia y cada año a este pequeño país centroamericano, de poco más de 13 millones de habitantes.

Dicha situación le ha valido la membresía al nada glamoroso grupo de los países en crisis humanitaria, del que ya eran representantes de Latinoamérica Haití y Colombia.

Los expertos, sin embargo, enfatizan que el tema no debe ser tratado desde esta categorización, pues insisten en que su raíz es económica.

A diferencia del África subsahariana, el drama guatemalteco no pasa por una incapacidad para producir alimentos.

El país es, en sí mismo, un granero al cual la mala distribución y administración de los recursos naturales le han jugado una mala pasada.

Y por si el hambre no fuera un problema, en el escalafón mundial de las naciones más vulnerables al cambio climático, Guatemala ocupa el cuarto lugar y, a nivel latinoamericano, el primero.

A ello se suma que su superficie de 108.889 kilómetros cuadrados es atravesada por tres placas tectónicas y 44 volcanes que se alzan amenazantes hacia las nubes en terrenos montañosos emplazados entre la Sierra de los Cuchumatanes y la Sierra Madre.

En los últimos doce años, esta vulnerabilidad ha sido puesta a prueba una y otra vez con los azotes del huracán Mitch (1998), las tormentas tropicales Stan y Agatha (2005 y 2010, respectivamente), la tempestad 16 (2008), sequías (2001, 2009 y 2010) y la erupción del volcán Pacaya (2010).

Hoy las incesantes lluvias nuevamente amenazan la vida de los guatemaltecos. Más de 200 personas han muerto en las últimas semanas producto de las inundaciones y aludes.

DE SEQUÍA A INUNDACIÓN

Lo paradójico es que el país -encajonado entre México por el norte y El Salvador y Honduras por el sur- vivió el año pasado una sequía sin parangón, fenómeno que hasta septiembre -cuando el gobierno declaró estado de calamidad pública- había dejado alrededor de 462 muertos, entre ellos, 54 niños.

Verdes cultivos desaparecieron abrasados por el calor y la falta de agua y, con ellos, los alimentos de pequeños y empobrecidos campesinos; quienes pudieron almacenar algún tipo de productos, vieron cómo éstos comenzaban a desaparecer con el correr de las semanas sumándose al hambre generalizada.

Y es que el 52% de los guatemaltecos vive en áreas rurales, porcentaje del cual poco más del 80% depende de la agricultura para subsistir, según datos de Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Llegadas las lluvias en abril, lo que parecía una salvación ante la persistente sequía se convirtió un nuevo tormento con Agatha.

Las inundaciones y los deslaves no tardaron en hacer lo suyo en un terreno que se vio saturado con miles y miles de litros de agua que cayeron en poco tiempo.

Comenzaba el calvario para las autoridades y la población, una vez más, dado que sectores que no se habían visto afectados por la sequedad que se presentó principalmente en el llamado corredor seco, se vieron expuestas al paso de la tormenta, como las costas y las montañas.

“Cerca de 62 mil familias se vieron afectadas por la pérdida de las cosechas, ya no sólo del maíz y del frijol (productos básicos de la dieta guatemalteca), sino que también de verduras y productos de exportación, como son el camarón, las flores, lo que significó una pérdida de ingresos y de seguridad alimentaria nutricional”, comenta Lily Caravantes, de la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Guatemala (Sesan).

La desnutrición crónica afecta principalmente a más del 50% de la población guatemalteca menor de cinco años y se concentra en “sectores rurales, donde predominan los pueblos indígenas, siendo pobres siete de cada diez”, indica la FAO.

Adicionalmente, “tenemos un amplio sector de la sociedad que vive en condiciones de subsistencia y en condiciones de mucha pobreza”, explica Lily Caravantes.

Es por eso, aclara, que es imperativo que “se entienda que la desnutrición no debe verse como un problema humanitario ni como un problema exclusivamente de las áreas sociales, sino que como un problema económico, estructural y endémico”.

“La alta vulnerabilidad en que viven miles de comunidades se ha creado históricamente por los modelos económico-políticos que han regido el país. La acumulación de riquezas en un porcentaje pequeño de la población ha resultado no sólo de la distribución desigual de la tierra, sino del acceso a mano de obra barata que las fincas grandes han tenido”, postulan los investigadores Edwin Castellanos y Alex Guerra, en el documento “El cambio climático y sus efectos sobre el desarrollo humano en Guatemala”, publicado por Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

En términos numéricos, el representante de la FAO en Guatemala, Iván Angulo, especifica que “el 80% (de la tierra) está en manos de un 10% de la población. (Esto implica) que grandes sectores, el 54% de las personas que están en situación de pobreza, no tengan siquiera posibilidades de tener un predio en el cual intentar desarrollar una actividad productiva”.

La enorme brecha económica para acceder a los alimentos tampoco ayuda a que mejore la situación. El sueldo mínimo rural para cinco personas, según cálculos de la FAO, es menor al ingreso imprescindible para adquirir una canasta básica, cuyo costo la Sesan calcula en 250 dólares.

Las dificultades para diversificar los cultivos y el casi inactivo comercio interno también se han convertido en un dolor de cabeza para las autoridades que dirigen un país “donde cambiar (el sistema en su conjunto) no es nada fácil, porque se necesitan reformas estructurales que, claramente, muchas veces no toda la población está de acuerdo”, comenta Reinhard Jung-Hecker, representante para América Latina y el Caribe de la Dirección General de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea (DG ECHO).

A la luz de los datos, el drama “tiene una trayectoria histórica de más de cuarenta años, donde la pobreza y la inequidad fueron dando paso al panorama que vivimos hoy en día”, agrega Iván Angulo.

Junto con la declaración de calamidad pública, el Presidente Álvaro Colom solicitó en septiembre del año pasado fondos internacionales para superar la emergencia provocada por la sequía.

Otro nuevo llamado hizo recientemente el Mandatario tras el paso de la tormenta Agatha. A meses de que finalice la temporada de huracanes, las probabilidades de recurrir nuevamente a la ayuda externa están a la vuelta de la esquina y las autoridades lo tienen claro, más con el cambio climático sobre sus cabezas.

El Estado, simplemente, no tiene los recursos ni las herramientas que se requieren para afrontar por sí mismo una situación que, si bien ha mejorado en los últimos años, no termina por hacerlo del todo.

Ello responde a que “las políticas que se dieron en estos últimos veinte años, que incluso estuvieron orientadas por organizaciones internacionales, decían que había que ir reduciendo el tamaño del Estado para que el mercado cubriera esos importantes sectores de servicios” que entonces dependían del apoyo estadual, explica el representante de la FAO.

“Eso no ocurrió y lógicamente los pequeños productores quedaron sin asistencia técnica, sin posibilidad de crédito ni de entrar en programas de compra, venta y arriendo de tierras, ni tampoco de fortalecer sus capacidades productivas y de comercialización. El otro sector (el privado), no necesitaba del Estado (para crecer). Es evidente, entonces, que el Estado al haberse achicado, millones de personas quedaron sin atención”, agrega.

Con fluctuantes crisis financieras y persistentes fenómenos naturales, hacer repuntar una curva descendente no es fácil pero sí factible si se tienen los instrumentos y la disposición.

En especial, porque “una distribución alimentaria puede también ser contraproducente, (dado que ésta) sólo tiene sentido en el primer momento de un desastre, cuando la gente necesita la comida si perdieron sus casas, no tienen otras alternativas ni los fondos para comprar. Después, hay que entrar rápidamente en un segundo paso que es hacer de las personas lo más independientes posibles y no (implementar) un sistema paternalista”, expone Reinhard Jung-Hecker.

En esa línea, Lily Caravantes destaca que el gobierno está impulsando programas que en el mediano y largo plazo le permitan contar con eficientes políticas de prevención y respuestas a las catástrofes naturales, al tiempo que posibiliten generar las condiciones para que se produzca el tan ansiado término de la inequidad y, por ende, a la crisis alimentaria.

Hasta que esto no suceda, tanto la FAO como la Sesan y ECHO coinciden en que Guatemala no puede sobrevivir sin la ayuda internacional.

Vía: Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre

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