miércoles, 3 de agosto de 2011

Los niños que murieron antes de llegar a Kenia.

En el camino fronterizo entre Kenia y Somalia yacen los cadáveres de niñas y niños que sucumbieron al hambre y las penurias del viaje desde sus aldeas, arruinadas por la sequía

Ahmed Khalif trabaja para una organización no gubernamental de Kenia y cruza a menudo el límite entre los dos países para asistir a la población somalí. Él ha visto muchos pequeños cuerpos a la vera del camino

“Cualquiera que siga esa ruta puede relatar terribles historias de cadáveres, la mayoría niños. Sus madres también se van muriendo. No se trata de madres desalmadas que abandonan a sus hijos, sino que intentan sobrevivir para honrar la vida”, describe Khalif.

Él ha visto montones de personas, la mayoría mujeres y niños, intentando cruzar la frontera. Pero cuando los infantes ya están tan débiles que no pueden caminar, caen simplemente en la carretera, mientras sus madres y demás familiares medio muertos de hambre siguen caminando con la esperanza de conseguir ayuda.

“Es duro ver (a los niños) al borde de la muerte, la piel caída por la deshidratación extrema, los cuerpos demasiado pequeños para su altura, los labios resecos. No hablan, simplemente caen”.

“Tienen los ojos hundidos en las órbitas, pero te siguen mirando. Es muy perturbador. Uno piensa que los demás no tienen sentimientos por haberlos abandonado, pero están en la misma condición. Sólo la voluntad de llegar al (campamento de) Dadaab los mantiene en pie”, explica Khalif.

Los que mueren así no son enterrados. “¿Quién tiene energía para hacerlo?

Los menores somalíes que sobreviven y llegan al campo de refugiados soportaron penurias a un grado difícil de imaginar, caminando al menos 10 días bajo un calor intenso en una tierra de nadie, infestada de hienas.

Bandas de delincuentes roban las escasas pertenencias de los desplazados y violan a las mujeres.

Dadaab, una aldea semiárida situada en el este de Kenia, en la Provincia Nororiental, alberga más de 380.000 personas y acaba de convertirse en el mayor campamento de refugiados del mundo. La vida allí no es fácil, sobre todo para niñas y niños.

Cada día llegan unos 1.300 somalíes y mueren cuatro niños, según agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que aseguran se necesitan más de 300 millones de dólares cada seis meses para salvar a la población infantil afectada por la sequía.

“Los niños son muy pequeños y pesan muy poco para su edad. Su condición supera la desnutrición aguda, teniendo una gran probabilidad de morir antes de cumplir los cinco años.

Según Unicef, la cantidad de niños menores de cinco años con desnutrición aguda aumentó en Somalia de 476.000 en enero a 554.550 en julio.
Y sus madres no se encuentran mucho mejor.

“Los niños no son los únicos que mueren en Dadaab. La mortalidad materna es muy elevada. Estimamos que mueren al menos 298 madres por cada 100.000 nacidos vivos.

IPS / VientoSur julio 2011

HUMANICEMOS LA HUMANIDAD

El hambre no es inevitable. Pero ¿queremos erradicarla?

Vivimos en un mundo de abundancia.

Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas.

¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo.

Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.


El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.


La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

¿Por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Nos enfrentamos a un problema político.

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la “soberanía alimentaria”, y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos.

Palabras de Esther Vivas.



HUMANICEMOS LA HUMANIDAD